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| Médico, político y guerrillero revolucionario, fue comandante del ejército que derrocó al dictador Fulgencio Batista en enero de 1959. Se convirtió, tras el triunfo de la Revolución Cubana, en uno de sus principales referentes. A continuación reproducimos un artículo de l historiador argentino Felipe Pigna, donde repasa momentos emblemáticos de la vida del “Che” | |||
| ‘¡Póngase sereno y apunte bien! ¡Va a matar a un hombre!”, dijo aquel combatiente vencido, con la vista nublada por el dolor y la derrota aquel mediodía del nueve de octubre de 1967 en la escuelita de “La Higuera”, mientras divisaba borrosamente a su verdugo, el soldado boliviano Mario Terán.El hombre que había nacido en Rosario un 14 de junio de 1928, estaba prisionero tras su último combate en la quebrada del Churo la tarde anterior, y allí en su encierro en la espera del final, entre interrogatorios y agentes de la CIA, tuvo una larga noche para pensar y recordar, en la que probablemente vinieron a su mente muchas cosas, imágenes de una vida intensa, interesante, casi plena.
= Con sus hijos Hilda , Camilo y Aleida Una vida que no dejaba de pasar por aquel lugar indescriptible ubicado en algún sitio entre las pupilas y la memoria. Desfilaban imágenes de una tarde de sol allá en Alta Gracia adonde los Guevara se habían mudado cuando él tenía 4 años para atenuar su asma. Veía nítidamente las caras de sus hermanos, de su padre y de su madre, Celia, la que lo animaba a animarse a más, la que nunca hizo de Teté un niño enfermizo, la que estimulaba su natural temeridad. Sentía en aquel piso de tierra boliviana, un partido de rugby de hacía treinta años en el que no importaba nada más que ganarle al asma y a los contrarios. Llegaban entre los reclamos de dolor de su pierna herida de bala, fotos blanco y negro de aquel día en las minas de Potosí con olor a explotación, recuerdos de su querido Mariano Moreno, que estuvo y vio y puso en letras el sufrimiento centenario de los mineros que en aquel 1952 iban armados en camiones, luchando por la revolución, en aquel mismo país en el que ahora él estaba muriendo por la misma causa. Seguramente se acordaba de su gran viaje, a la manera de su admirado Conrad al “corazón de las tinieblas”, aquel viaje en el que, como médico que era le pudo tomar el pulso a la América real, la que nadie quería ver, sobre todo en un país tan “europeo” como la Argentina. Vio de cerca aquellas vidas que según ellas mismas “no valían nada”, jóvenes de 20 que parecían de 40, la tuberculosis, la muerte joven, infantil, enfermedades llamadas desde siempre “evitables” o cínicamente calificadas como “sociales”. Recordaba aquella maravillosa primera vez que pensó en que se podía curar de a muchos, en “remediar”, “erradicar”, “operar”, y se dio cuenta de que entre la medicina y la política había muchas más conexiones de las que le habían enseñado en aquella facultad que formaba doctores de chapa en la puerta. Recordaba como en Perú conoció el dolor del leprosario y la urgencia del remedio y leyó a Mariátegui y se emocionó en Machu Picchu, como Neruda. = con su hija Hilda , jugando con una muñeca mamushka Mientras Terán tambaleaba y él tenía que hacer el esfuerzo sobrehumano de tener que entender a su ocasional asesino, de tener que sobreponerse a la bronca y saber que su último aliento le iba a ser quitado por alguien que obedecía órdenes de muy arriba, tan arriba como Washington, mientras pensaba que no tenía que pensar, seguramente su cabeza no paraba y se acordaba de la primera vez que había tomado un fusil en aquella Guatemala de Jacobo Arbenz, el hombre que se había atrevido a la United Fruit soñando la reforma agraria y la tierra para todos. Allí fue, en 1954, en los comités de defensa contra aquella invasión norteamericana que, a falta de armas de destrucción masiva, argumentó que el ejemplo guatemalteco era nocivo para la región, cuando le vio la cara nítidamente a su enemigo. Referencias:
1 Testimonio del suboficial Mario Terán, publicado en la revista Paris Match, octubre de 1977.
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Memorias del “Che” a los 83 años
El 9 de octubre de 1967 moría asesinado en La Higuera, Bolivia, Ernesto «Che» Guevara, mientras intentaba llevar la revolución a América del Sur.





