¿Políticas feministas de lo común?

El escenario abierto por el 15M planteó importantes preguntas a los movimientos sociales, vigentes también en esta fase de iniciativas electorales. Entre ellas, ¿cómo apoyar los nuevos procesos de politización sin aplastarlos o dirigirlos? ¿Cómo construir escuchando? En los diversos movimientos feministas, estas cuestiones se suman al debate abierto décadas atrás sobre políticas de la identidad. Debate que, pese a la densidad teórica que ha adquirido en muchos momentos, responde a una doble exigencia encarnada.

Por una parte, ir más allá de la identificación de lo femenino con una noción excesivamente rígida y estática. Un ejemplo es la asociación que en ocasiones tiene lugar entre la experiencia concreta de las mujeres de una parte del mundo y la de todas las mujeres. Al respecto, se señala la inexistencia de una identidad única que pueda predefinir al conjunto de las mujeres. Por otra, esta crítica tiene consecuencias sobre los modos de organización política: ya no desde la unidad y la identidad, sino desde la diferencia y la multiplicidad. Esta descentralización se refleja en la extensión de la política más allá de los grupos tradicionales. Vemos con entusiasmo cómo el feminismo se expresa en multitud de gestos, formas y cuerpos: mujeres que toman la palabra en las plazas, madres que ocupan viviendas tras ser desahuciadas, jóvenes no declaradas feministas, pero que reclaman su libertad y su derecho a decidir, acciones desperdigadas que plantan resistencia a los envites más duros del Gobierno conservador, personas trans que generan alianzas imprescindibles, diversas funcionales que exigen su derecho a una vida digna…

El debate está servido. Al afirmar las diferencias, ¿no se contribuye a disolver lo que confiere sentido a la lucha feminista, es decir, el sujeto ‘Mujer’? ¿cómo es posible la acción política entonces? En contra tanto de la totalización –vuelta a una identidad fuerte– como del relativismo –no es posible la acción colectiva en una realidad inherentemente diversa–, se pone en juego el pasaje hacia una política de lo común. ¿En qué consiste ésta? En primer lugar, en escuchar la forma en la que la vida común tiene lugar ya en nuestro mundo –redes formales e informales, cuidado cotidiano, iniciativas colectivas, colaboraciones en red–. En segundo lugar, dado que lo ‘común’ no es en sí garantía de algo bueno –sometido a los mercados, lugar de desigualdades–, no vale oponerlo sin más: deben imaginarse nuevos sentidos del mundo que queremos.

Por un lado, hay que recordar lo que los feminismos han señalado con fuerza: nuestra posición es parcial y limitada, somos seres vulnerables. Estamos vinculados a las situaciones que habitamos. Esto significa que no podemos dar por hecho lo que nos une: las luchas feministas se construyen ligadas a cada realidad con identificaciones precarias e inestables, aunque no por ello menos efectivas. También significa que hay que tratar de extraer lo universal que existe en cada posición particular. Por ejemplo, además de exigir aborto libre, analizar en qué afecta al conjunto de la sociedad restringir los derechos de las mujeres. Esto conlleva un esfuerzo por salir de lo propio con decidida pasión a construir alianzas y articulaciones políticas entre diferentes.

Vida digna

Por otro lado, la vulnerabilidad puede traducirse en una distribución desigual de las posibilidades de existencia. Esta diferencia está relacionada con la condición sexual y social en un doble sentido: mientras hay sujetos cuyos cuerpos y modos de vida se adecúan a la norma social, hay otros que son excluidos. Mientras hay quienes tienen garantizado el acceso a cuidados dignos, hay quienes deben generar estrategias de todo tipo para cubrirlos o proporcionarlos. Si para el primer grupo la vulnerabilidad puede pasar desapercibida, para el segundo, el relato de autosuficiencia del capitalismo contemporáneo es insostenible. En este sentido, romper con la desigualdad implica defender una vida digna, contando con la realidad de interdependencia que habitamos. Pero, ¿qué entendemos por vida digna? ¿Debemos, para imaginarla, abandonar completamente nuestra realidad o podemos pensarla desde las experiencias ya existentes? Aquí aparecen dos debates.

La política de lo común parte de la vulnerabilidad, pero no se queda en ella. Trata de imaginar lo imposible, lo no dado

El primero: la necesaria defensa del derecho a la vida en todas sus dimensiones, salud, educación, vivienda, cuidado y aborto, ¿es también una oportunidad –¿histórica?– para pensar ‘qué’ salud, ‘qué’ educación, ‘qué’ cuidado, etc.? Dicho de otro modo: además de garantizar su acceso a todas las personas, ¿podemos romper con las concepciones unívocas dominantes? Por ejemplo, en la medida en que la ciencia médica permanezca pertrechada en los parámetros androcéntricos que la guían, ¿cuántas personas seguirán excluidas de la sanidad aun cuando tengan ‘derecho’ administrativo a ella? En segundo lugar, nos enfrentamos a pensar las diferencias en el interior de los procesos. La vida común no es una sustancia con cualidades positivas, sino la forma inacabada de aquello que nos une. No está exenta de contradicciones y conflictos; y tampoco podemos prefigurar su contenido. Pero sí existen criterios ético-políticos, instrumentos para orientarnos, que diferentes luchas han puesto sobre la mesa: garantizar que los cuerpos diversos no sean situados en posiciones subordinadas; desplazar la búsqueda de beneficio como objetivo hacia el derecho al cuidado universal; reinventar la democracia, no como formalismo, sino como práctica en diferentes niveles del mundo que queremos; y llevar la democracia al interior de los hogares, las ­relacio­nes y la sexualidad. ¿Qué política sexual incluye la vida que queremos?

De este modo, la política de lo común parte de la vulnerabilidad, pero no se queda en ella. Trata de imaginar lo imposible, lo no dado. En esta tarea, aunque no exista identidad previa de la que partir, la lucha feminista no se diluye, sino que desplaza la pregunta por el ‘quién’ hacia el ‘qué’ y el ‘cómo’: ¿qué situaciones provocan la exclusión de las mujeres y de otros sujetos no normativos? ¿Qué relación tienen estas problemáticas con la situación general? ¿Cómo modificar esa situación incluyendo al mayor número de personas posible? Foucault decía que el problema del sujeto no es saber quién es, sino cómo es que ha llegado a ser lo que es. Por eso, interrogar al sujeto del feminismo no implica volver sobre otro o muchos sujetos. Implica más bien atender los mecanismos, tanto de sujeción como de resistencia, a través de los que se forman las subjetividades contemporáneas.


Fuente :  Periódico Diagonal.

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